La bióloga Claudia Oller advierte que el felino está presente en prácticamente todo el departamento y que los crecientes encuentros con actividades humanas evidencian un desequilibrio en los ecosistemas. Estudios sobre sus poblaciones, disponibilidad de presas y nuevas estrategias de manejo serían claves para reducir el conflicto.
Desde la zona alta hasta el Chaco, pasando incluso por áreas próximas a los centros urbanos, el puma continúa formando parte de los ecosistemas de Tarija. Su capacidad de adaptación le ha permitido sobrevivir a la fragmentación y transformación de los hábitats, pero también ha incrementado los encuentros con las actividades humanas.
Así lo explicó la bióloga Claudia Oller en entrevista con El Faro: Periodismo, Ambiente e Innovación, al analizar la situación de este felino y los desafíos que plantea su conservación.
Según la especialista, el puma está presente en prácticamente todo el departamento, desde Yunchará hasta el Chaco. En algunas zonas rurales, sin embargo, los ataques al ganado —especialmente a animales pequeños y crías— han generado conflictos con los productores.
Para Oller, detrás de estos episodios puede existir un problema mayor: la disminución de las presas naturales del puma.
Zorros, liebres, víboras, comadrejas y otras especies forman parte de las dinámicas ecológicas de los ambientes donde habita este gran carnívoro. La persecución o eliminación de estas especies, sumada a la transformación de los ecosistemas, puede reducir la disponibilidad de alimento y llevar al puma a acercarse al ganado como una alternativa.
“Si las estamos matando las presas, ¿qué puede hacer el puma más que acercarse y tener que comer lo que hay a la mano?”, planteó la especialista durante la entrevista.
La situación también refleja la importancia de comprender el papel de los grandes carnívoros dentro de los ecosistemas. El puma ocupa uno de los niveles superiores de la cadena trófica, por lo que los cambios en las poblaciones de sus presas pueden repercutir en toda la dinámica del ambiente.
Oller considera fundamental generar estudios sobre las poblaciones de puma, su comportamiento y la disponibilidad de presas. Sin información actualizada, resulta difícil determinar cuáles son las medidas más efectivas para reducir los conflictos.
La especialista también señaló que existen experiencias de manejo aplicadas en otros países que podrían ser evaluadas y adaptadas a la realidad local. Entre ellas mencionó sistemas para ahuyentar temporalmente a los animales, modificaciones en el manejo de los rebaños y medidas preventivas.
Una alternativa sencilla, explicó, consiste en evitar que hembras recién paridas o animales muy pequeños permanezcan solos en el monte, manteniéndolos temporalmente en corrales hasta que tengan mayor capacidad para defenderse.
“No son medidas caras”, sostuvo, sino cambios en determinadas prácticas de producción que pueden contribuir a disminuir los ataques.
Otro aspecto señalado durante la entrevista es la necesidad de que las instituciones públicas incorporen el conflicto entre productores y fauna silvestre dentro de sus programas de prevención y atención. Para Oller, actualmente este tipo de situaciones no siempre es considerado de manera suficiente en la planificación relacionada con la actividad ganadera.
«Conservar al puma también significa conservar su ecosistema» afirma. El puma comparte territorio con las personas y sus actividades productivas. En el Chaco, además, sus áreas de distribución pueden coincidir con las del jaguar, otro de los grandes felinos de la región.
La especialista advierte que incendios, pérdida de hábitat, transformación del paisaje y reducción de presas pueden generar condiciones cada vez más complejas para estas especies y para las comunidades que viven junto a ellas.
Por ello, el desafío no consiste únicamente en proteger al puma, sino en recuperar el equilibrio de los ecosistemas y encontrar mecanismos que permitan reducir los conflictos con los productores.
La presencia del felino en Tarija, más que una amenaza aislada, puede ser también una señal de lo que está ocurriendo en el territorio.
Conocer dónde están los pumas, qué comen, cuántas presas tienen disponibles y cómo están cambiando sus hábitats podría ser el primer paso para construir una convivencia posible entre la fauna silvestre y las comunidades.

